
Comed las lentejas, sin quejas – nos decía la abuela a la hora de la comida.
Yo era la única que se deleitaba con ellas, el resto, asumía que aquello era lo que tocaba. Pero ahí empezaba la jarana: “la lenteja, manjar de manjares bajo este techo de teja, comprada a tocateja, buena para la sangre y la oreja, le gusta a la abeja, a la almeja y a la vieja, sin ninguna queja…”. Aquello era delirante. Cada cual se regocijaba con una rima más ocurrente e inverosímil que la anterior. La abuela, nos aguantaba con su estoica compostura, mas al poco rato nos rehuía la mirada porque no podía contener la risa originada por nuestro dimes y diretes.
¡Qué sarta de versos tontos y disparatadas trabalenguas mascullábamos ante el plato a rebosar de lentejas! Y entre esto y aquello, terminábamos de comerlas, sin quejas. Este es el recuerdo más saciante que tenemos los ocho hermanos de nuestra estancia con la yaya palentina, que nos alimentaba con mucho amor y las lentejas de su tierra.
Autora: Marijoxe Azurtza Sorrondegi, de Donostia (Gipuzkoa)
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