
El mundo se acabó un martes, pero nadie lo notó. Siguieron abriendo tiendas, publicando noticias, discutiendo por tonterías. Solo Don Eusebio, agricultor jubilado, entendió la señal: aquel año las lentejas crecieron todas del mismo tamaño, idénticas, perfectas.
—Cuando la tierra deja de equivocarse, algo va mal —dijo.
Guardó un puñado en el bolsillo y salió a caminar sin rumbo. Las fue dejando caer una a una en las cunetas, en los parques, en los bordes del asfalto. No para sembrar, sino para recordar al suelo cómo era fallar, torcerse, insistir.
Nadie vio el gesto. Pero semanas después, las grietas aparecieron de nuevo, el trigo salió desigual, los días volvieron a doler un poco.
El mundo no se salvó, claro. Nunca lo hace. Pero recuperó su imperfección, y con ella, la posibilidad de seguir intentándolo.
En el bolsillo de Don Eusebio quedó una sola lenteja. La guardó. Por si algún martes volvía a ser demasiado perfecto.
Autor: Manuel Vázquez Mourazos, de Melide (A Coruña)
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